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Terra
La Coctelera

la fiesta


Dejen que el viento cierre la puerta y los árboles se mezan como una bailarina

Feliz en su presentación.

No pretendan cambiar el lenguaje de los hombres y su placer, ni mucho menos el dolor de

Sus pies por las calles desabitadas en las noches de fiesta.

Las florecitas cerca a la puerta han dejado siempre el olor de mi nombre,

no dejen que el viento cierre su hojas gruesas por esperar el aroma de los hombre,

que descienden brillando sus herramientas con su palabras.

no hay silencio sin ver como volvemos al mismo lugar sin dejar el tiempo

y consolar nuestras manos agitadas por los tambores y el aguardiente.

si hubieras callado cuando se cerraba la puesta,

los músicos, las bailarinas que dejaban sus destellos en la pared y consolaban a los hombre

se hubieran esparcido por las diferentes constelaciones debajo de la tierra.

que hubiera pasado con el caballo, el sombrero, la voluntad del hombre inpredicible por

los demás hombres y sus trajes .

Nada- no lo creo

El día se había llevado el instante mismo de la caricia de tu voz y con el los árboles lujosos de Rivera y la fuerza de Génesis ante las manos desgastas por la calle y los vecinos y los hombres y las letras que se esconden en el río.

Es extraño volver a la fiesta y reconocer lo muebles, las cortinas nueva regaladas o compradas al otro lado del río, los asientos de madera construidos por los abuelos de los abuelos, de los abuelos, la pista de baile y la puerta con su forma de figuras geométricas y diálogos, susurros de amor. Es extraño, el tiempo no es el tiempo en una fiesta, es tan solo la oscuridad de la vejez, de la partida, de la sinrazón de los bailarines.

No procuren terminar nunca con la fiesta de los hombres

Invíteme siempre para poder apreciar sus ojos de jaguar y su danza

Por que no habrá otra en otra cuidad mejor que esta.

BENEDICTO CASARES

PISOS HUMEDOS

Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 -que no es avenida al mar-sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
-y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos-
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.


Edel
Morales Fuentes (cuba)